miércoles, 8 de febrero de 2012

LA HISTORIA DE UN DESARROLLO “DIFERENTE”


Por Juan Pablo Castillo Barbosa



Si bien la historia de los países latinoamericanos no difiere mucho entre sí en su esencia, cada  uno de ellos ha construido su sociedad y su política basada en circunstancias o influencias del pasado.  Brasil -por ejemplo- se independizó para comenzar una monarquía constitucional, autodefiniéndose como un imperio; Paraguay –por su parte- tuvo la dictadura más larga de Latinoamérica durante 35 años a manos de Alfredo Stroessner; Argentina y Chile tienen similares historias, pero jamás se podrán comparar sus visiones de ver la sociedad, puesto que cada proceso influye fuertemente en la forma en que se toman las cosas.

Las circunstancias y contextos que han construido la visión de desarrollo de Chile se basan en explosivas oportunidades de venta masiva de brutos; lo que –cabe señalar- también ha generado una permanencia inconveniente en la industria terciaria, sin darle oportunidad a la producción de materiales para avanzar en industrias secundarias o primarias.


Ahora bien, la caída de la Unión Soviética y la expansión del Capitalismo, son las principales razones para que haya quedado arraigado el concepto de desarrollo económico en Chile -dejando de lado la visión sustentable del mismo- tal como sucedió en la mayoría de los países donde el sistema de libre mercado irrumpió sin previo aviso y sin la aprobación popular, para lo cual tuvo que haber cambios constitucionales profundos.


De este modo, la dictadura militar que mantuvo a Chile en la oscuridad democrática por 17 años, instauró la política de captación de capital mediante cualquier costo, comenzando con una carrera de libre comercio y relaciones comerciales con empresas transnacionales, que liberó impuestos a la importación e hizo muy difícil controlar las leyes de sustentabilidad.

Esto –en primera instancia- hizo que Chile perdiera la oportunidad de incursionar en la industria secundaria o primaria, como también, perder el poder sobre sus recursos naturales o la regulación de su explotación. El resultado no tardó en preocupar a los expertos, pues nuestro país se transformaba en un proveedor de materiales y brutos de los países desarrollados, quienes –luego de acabar sus propios recursos- se adueñaban de los nuestros, para seguir su desarrollo económico.

Asimismo, junto con una nueva política de explotación de recursos y venta de los mismos a manos de extranjeros, la entidad armada que lideraba el país se encargó de estructurar un plan de comunicación que arraigara el concepto de desarrollo económico basado en el éxito financiero y en las cifras de crecimiento, lo que se alejaba de la percepción de desarrollo sustentable, dejando de lado las brechas sociales, la calidad en la educación, los derechos fundamentales y el cuidado del medioambiente.

La vuelta a la democracia en manos de la Concertación prometía un cambio considerable en la visión de desarrollo del país. Lamentablemente, no fue así. El miedo a no poder demostrar que su gobernabilidad era válida en un mundo capitalista, hizo que mantuvieran el concepto de desarrollo basado en cifras financieras –tal como en dictadura- sumergiendo a Chile en una penosa ilusión de transición, que no hizo más que mantener un sistema que estaba lejos de aportar en la sustentabilidad para nuestro país.

El medioambiente, el desarrollo social, la educación y la salud –como derechos fundamentales en una sociedad justa y en vías de desarrollo- siguieron estando subyugadas al crecimiento financiero sin límites, como meta principal de cada uno de los gobiernos post caída de la URSS.

El resultado está a la vista. En Chile tenemos un concepto muy errado de lo que es el desarrollo país, pues el crecimiento financiero no incluye una sustentabilidad paralela, básica en cualquier sistema comercial o social; resta leer sólo un resumen de los postulados de Smith para darse cuenta que –incluso- el sistema capitalista considera una sustentabilidad, aunque esta sea posterior a los resultados: la famosa política del “chorreo”.

Ahora bien, pareciera que la clase política chilena –en su conjunto- ha olvidado la sustentabilidad por completo, restándole importancia al presentar sus logros económicos. Las brechas sociales y económicas en Chile siguen siendo abrumadoras y la sobreexplotación de recursos naturales de empresas extranjeras pareciera no importar al Estado; cabe señalar que somos el único país del mundo en el cual sus recursos naturales son manejados exclusivamente por privados y en donde ni un centímetro cúbico de agua dulce es de posesión estatal (el 92% está en manos de la multinacional española Endesa, accionista mayoritaria del proyecto Hidroaysén).

Finalmente, es importante señalar que en Chile las políticas de sustentabilidad y cuidado del medioambiente son precarias y arcaicas -muy distintas a las de países desarrollados- por lo que los proyectos multinacionales descansan en una legalidad poco conveniente para el desarrollo eficiente de nuestro país, donde –además- las iniciativas para conceptualizar un desarrollo sustentable pleno están lejos de interesar a los políticos chilenos, cualquiera sea su postura ideológica.


* En las siguientes entradas se discutirá el concepto de sustentabilidad como tal, que en los últimos años –por conveniencia de las clases gobernantes- ha sido subyugado a una simplista mirada medioambiental, muy lejana a la realidad.






No hay comentarios:

Publicar un comentario